Se calcula que la cebada empezó a cultivarse hace 10.000 años. Sus cultivos se extendían desde el valle del Tigris y el Éufrates hasta el norte de África. Después, comenzó  a extenderse y hoy en día se cultiva prácticamente en todo el mundo. Desde Asia y Egipto hasta lugares tan fríos como Noruega y los Andes. Se ha adaptado a numerosos lugares y condiciones climáticas. ¿Pero cómo lo hace? Entender sus mecanismos puede ser útil para exprimirlos al máximo a medida que avance el cambio climático. Supondría la salvación de la cebada, pero también de sus dos productos más populares: la cerveza y el whisky.

Por eso, un equipo de científicos de la Universidad de California Riverside lleva unos años estudiando los genes de la cebada. Se sabe que la planta es capaz de adaptar su floración al clima. Lo ideal es que florezca cuando ya no haga demasiado frío, pero antes de que comience la estación seca, ya que si ese fuera el caso no habría suficiente agua para que germinen las semillas. El periodo de floración se enmarca en una ventana muy pequeña que, según lo observado por estos científicos, se puede mover si es necesario. Debe haber genes que adelantan o retrasan la floración para adaptarse al clima.

El problema es que estudiar esto es complicado. Solo se puede cultivar una generación de cebada al año, por lo que se tardaría mucho tiempo en tener suficientes muestras genéticas para estudiar su adaptación a los cambios. Ante estas situaciones complejas, a veces hay que recurrir al ingenio y eso es justamente lo que hicieron estos investigadores. Recordaron la existencia de un experimento realizado en 1929, para el que se registraron los datos de multitud de variedades genéticas de cebada durante varios años. Estaban ante una máquina del tiempo ideal para analizar los cambios que se producen en un siglo. La cerveza está a salvo gracias a un experimento que se realizó en plena ley seca. ¿No es paradójico?

100 años para salvar a la cerveza

El estudio elegido por estos científicos se conoce como Barley Composite Cross II y se considera uno de los experimentos biológicos más antiguos del mundo. Comenzó a realizarse en 1929, una época en la que el cambio climático no se consideraba todavía un problema. 

El objetivo de sus autores fue simplemente descubrir nuevas variedades de cebada bien adaptadas al mercado de California. Durante décadas, un gran número de criadores compitieron entre sí con miles de tipos de cebada genéticamente distintos. La cebada que creció mejor en el clima cálido y seco de California se seleccionó y se convirtió en la más frecuente con el tiempo. 

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Solo se puede obtener una generación de cebada al año. Crédito: Unsplash.

Los datos de aquel experimento están disponibles para su consulta. De hecho, han formado parte de muchos estudios desde entonces. Por ejemplo, en 1982 se publicó un estudio en el que se analizaban los cambios genéticos en la resistencia a la enfermedad de las escaldaduras durante 45 generaciones. Un año después, en 1983, se estudió cómo influye la selección natural sobre los cruces de distintas variedades de cebada. ¿Por qué no iba a servir todo esto también para estudiar las adaptaciones al clima?

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