
La leyenda de Robin Hood vuelve a los cines por enésima vez, en esta ocasión de la mano de Hugh Jackman y el director Michael Sarnoski (Pig). Sin embargo, a diferencia de adaptaciones anteriores, en La Muerte de Robin Hood se nos presenta a un hombre mayor, lejos de la imagen clásica del héroe de acción enérgico y justiciero. Una nueva interpretación que sin dudas no dejará indiferente a nadie.
La Muerte de Robin Hood nos muestra al mítico héroe, solo que esta vez no es tal. El protagonista de la película se nos muestra como un bandido despiadado, egoísta y recluido en mitad de la naturaleza. Anciano y cansado, Robin Hood intenta lidiar con sus demonios tras una larga vida de crímenes y asesinatos. Decenas de personas le buscan para darle caza, la mayoría familiares de sus víctimas pasadas que han jurado venganza contra él.
Un día, en una sangrienta batalla de la mano de su leal Little John, resulta herido de gravedad. Moribundo y al borde de la muerte, Robin Hood es enviado a un misterioso castillo en una isla para que curen sus heridas. Allí conocerá a una mujer que le ofrecerá una última oportunidad de redención tras toda una vida de pecados.

Destruye el mito
Lógicamente, lo más interesante de La Muerte de Robin Hood es la reinterpretación que hace de una de las grandes leyendas británicas. A Sarnoski no le interesa volver a exponernos un héroe bueno que roba a los ricos para dárselo a los pobres. Las figuras míticas son siempre una trampa a la hora de llevarlas al cine. Cada espectador tiene una concepción propia que le lleva al cine con unos prejuicios y unas ideas preconcebidas, sean buenas o malas. Y, además, cada mínimo cambio va a ser inspeccionado con lupa.
Por eso mismo, el cineasta aboga por reventar por completo la imagen que tenemos de ese arquero ya desde el primer instante. Inteligentemente, nos coloca una primera escena en la que su Robin Hood comete un brutal asesinato. No duda ni un solo instante, simplemente ataca con una contundencia despiadada. En apenas unos pocos minutos, La Muerte de Robin Hood deja claras sus intenciones. A partir de ahí solo queda dejarse llevar por el viaje que propone.

Una película crepuscular y existencialista
Ese arranque de la película es colosal. De hecho, su primera hora es francamente sólida, con un guion muy centrado en ir presentando el conflicto moral de su protagonista a la vez que o combina con mucha acción. Es llamativo lo violenta que es La Muerte de Robin Hood, que no se guarda nada. Sucia, oscura y espesa, revuelca por el barro (literal y metafóricamente) a Robin.
En realidad, este es un filme profundamente existencialista. Al eliminar el faro moral del mito, permite aportar capas de mucha mayor profundidad que las que encontraríamos con el arquetipo de héroe clásico. Reflexiona mucho y muy bien sobre aspectos como la actitud que tomamos hacia la muerte, sobre la responsabilidad hacia nuestros actos, sobe el arrepentimiento, la empatía y sobre la capacidad (o no) de ganarse el perdón.
Son todo temas muy tratados en el cine crepuscular. El tono de melancolía de La Muerte de Robin Hood impregna la pantalla del primer minuto al último. Nos imbuye una sensación de pesadumbre y tristeza, de cierta desdicha por ver a un hombre al que repudiamos pero por el que no podemos evitar sentir cierta cercanía. Aunque también es cierto que la cinta se atasca en su tramo central y, aunque remonta en su último acto, no acaba de acertar en el centro de su particular diana. Aun con momentos brillantes, se regodea en exceso en ideas que podrían ser algo más pulcras.

Logan otra vez
Lo que queda claro con La Muerte de Robin Hood es que, por encima de todo, Hugh Jackman entiende este arquetipo de personaje mejor que nadie. Porque su Robin Hood no es más que un trasunto de Logan. Aquella interpretación en 2017 supuso la cumbre de su carrera (con permiso de Los Miserables), y aquí simplemente repite lo aprendido. Es un hombre mayor, solitario, con actitud derrotista, cansado y profundamente roto por dentro.
Es a la vez un hombre brutal, de acción, que se mancha las manos de sangre siempre que hace falta y al que es prácticamente imposible superar. La comparativa es tan evidente en formo y fonda que incluso cuenta con una niña pequeña que se convierte en una suerte de aprendiz, como la X-23 de Dafne Keen. Es bonito, en definitiva, ver a Hugh Jackman de vuelta en un papel así después de haber apostado en los últimos años de su carrera por otros personajes y géneros.
Además, junto a él nos encontramos a otros personajes perfectamente definidos que complementan a este anciano gruñón. Jodie Comer vuelve a estar excelsa, al nivel al que nos tiene acostumbrados. Su relación con Robin acaba convirtiéndose en el alma del filme en su segunda mitad, involucrándonos emocionalmente en la historia de una manera más profunda y casi espiritual. Y también es francamente interesante el papel de Murray Bartlett como el leproso.

La Muerte de Robin Hood se convierte así en una interesante aproximación que pervierte por completo el mito para construir sobre sus cenizas una historia existencial, crepuscular y moralista. Hugh Jackman solo tiene que repetir lo que ya hizo tan bien con Logan para volver a demostrar el gran actor que es en un registro tan complejo. La película es fría, intensa, salvaje y muy violenta. No es para todo el mundo y se atasca en su tramo central, pero es bastante disfrutable.
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