
Anora, escrita y dirigida por el aclamado cineasta Sean Baker, no es una historia sencilla de ver. En especial, porque la cinta, que se convirtió en la gran triunfadora de la 97.ª edición de los Premios Oscar, es un cuento de hadas con un giro cruel. Uno, además, que reinventa la conocida premisa de La Cenicienta para optar por un ángulo más crudo, siniestro y violento sobre el amor en circunstancias crueles. Por lo que Baker, conocido por su punto de vista cinematográfico realista y pesimista, hace de Anora una reflexión sobre el mal contemporáneo.
Pero, no lo hace de manera sencilla, maniquea o buscando el sermón moral. Por lo que la historia de Anora (Mikey Madison, que ganó el Oscar por su interpretación) es mucho más una sobre la desigualdad y la exclusión. Por lo que subvierte el habitual tropo de Hollywood sobre una mujer que sobrevive a todo tipo de dificultades gracias a la intervención de un príncipe azul. Una decisión que le valió, además del galardón para su actriz, el de Mejor Película, Dirección y Guion Original para la producción.
En realidad, mucho del éxito de Anora se basa en su honestidad. En su superficie, la premisa plantea una retorcida y moderna deconstrucción del clásico mito de la chica en apuros en busca de un príncipe azul. Eso, sumergiéndonos en la vibrante y a menudo compleja vida cotidiana de Brooklyn, Nueva York. Lejos de los convencionalismos románticos edulcorados, Baker narra la historia entre el humor ácido, la desesperación social y una profunda observación del comportamiento humano. Por lo que pronto, lo que parece una fantasía escapista se transforma en un durísimo drama.
El vertiginoso encuentro entre dos mundos irreconciliables

Para eso, el guion sigue los pasos de Anora, una versión para nuestra época de la icónica Vivian (Julia Roberts) de Mujer bonita. Pero al contrario del icónico personaje, Anora debe lidiar con el mundo lleno de privaciones y dificultades, sin verdadera ayuda. En especial, porque esta joven estadounidense de ascendencia uzbeka que trabaja de bailarina exótica en un club nocturno de Brighton Beach está al borde de la desesperación. Por lo que la posibilidad de una historia romántica que solucione sus problemas, es más una transacción comercial que una idea idílica.
Algo que terminará de comprobar cuando ocurra un curioso giro del destino. Debido a su valiosa fluidez con el idioma ruso, su jefe le encomienda atender de manera exclusiva a Ivan Vanya Zakharov (Mark Eydelshteyn). Este, un inmaduro, impulsivo y extravagante joven de 21 años. Más preocupante todavía, Vanya es el malcriado y consentido hijo de un multimillonario oligarca ruso. Uno, además, que gasta fortunas en fiestas descontroladas y videojuegos en la opulenta mansión que su familia posee en Nueva York.
La química inicial, impulsada por el dinero, los excesos y el carisma magnético de ambos, escala a una velocidad alarmante. Vanya decide contratarla por una semana completa como su novia acompañante por la jugosa suma de 15,000 dólares. Una travesía de lujos desmedidos que culmina en un viaje salvaje e improvisado a Las Vegas. En donde, en medio de un ataque de euforia juvenil y rebeldía familiar, deciden casarse formalmente.
El colapso del espejismo y el estallido de la paranoia

Claro está, lo que parecía el inicio de un insólito cuento de hadas multimillonario se fractura por completo casi de inmediato. En específico, en el preciso instante en que la noticia del sorpresivo matrimonio llega a los oídos de los padres de Vanya en Rusia. Horrorizados por el escándalo público, la humillación social y la amenaza directa al linaje de su fortuna, de inmediato deciden tomar cartas en el asunto. Por lo que los magnates ordenan de inmediato a su red de contactos locales anular legalmente el matrimonio a cualquier costo.
La misión recae en Toros (Karren Karagulian), encargado de velar por los intereses de la familia en Estados Unidos. En medio de la emergencia, este recluta a dos peculiares e improvisados matones, Garnick (Vache Tovmasyan) e Igor (Yura Borisov). Todo para irrumpir en la mansión y someter a la pareja. Al verse acorralada y presa del pánico infantil, Vanya escapa cobardemente por la ventana trasera de la propiedad. Por lo que deja a Anora completamente sola para defender su matrimonio, desatando una caótica y divertidísima persecución nocturna por toda la gélida geografía de Nueva York.
Pero al contrario de lo que puede parecer durante sus primeros minutos, Anora no es una comedia. De hecho, uno de los mayores atributos de la película es que, a medida que avanza su extraña visión sobre el caos y la violencia, se hace más oscura. También, deja a un lado los interminables juegos de palabras, risas y situaciones incómodas, para plantear una idea. La deshumanización, la crueldad y la pobreza, todo analizado desde el tenebroso punto de vista de una mujer cada vez más sola y aislada. Un escenario que la cinta cuenta de manera cuidadosa, sensible y franca hasta su desolador final.
Un cineasta en su mejor momento para ‘Anora’

Fiel a su estilo cinematográfico, Sean Baker se niega a juzgar las decisiones de sus personajes. En lugar de eso, captura la vida nocturna, los clubes de striptease y los callejones nevados de Brooklyn con un realismo vibrante. Pero más que eso, Baker utiliza el humor screwball y la comedia de enredos de ritmo frenético para camuflar una crítica social profundamente punzante. Eso, al explorar sobre la discriminación hacia las trabajadoras sexuales y la insalvable brecha que separa a las clases populares de las élites corporativas y globales.
Al mismo tiempo, retrata la cruel industria del entretenimiento adulto con total normalidad laboral. Por lo que la cinta humaniza por completo a quienes la ejercen. Mucho más, muestra que bajo el brillo superficial de los clubes nocturnos laten los mismos anhelos universales de estabilidad, seguridad emocional y dignidad humana. De hecho, el verdadero triunfo de Anora llega en su tercio final. En el cual, el ritmo frenético de la comedia física se disipa gradualmente para dar paso a un crudo y desarmante melodrama existencial.

La confrontación definitiva con los padres de Vanya despoja por completo a Anora del espejismo de su cuento de hadas. De modo que la enfrenta cara a cara con la brutal realidad de ser deshumanizada. En especial, cuando comprueba que el dinero puede comprar, deshacer y desechar voluntades humanas de un plumazo. Particularmente, gracias a su conclusión, en la que con desoladora intimidad la protagonista finalmente entiende su tragedia y soledad.
A la vez que muestra todo el dolor acumulado del desamor, la pérdida de la inocencia y, al mismo tiempo, una indomable determinación por seguir adelante en la lucha diaria. Es un desenlace perfecto que eleva la propuesta y la consagra como una cinta fuera de lo común y parte de la historia del cine. Una, además, que ya puedes disfrutar en Movistar+.
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