Más allá de la vida marina que habita en sus aguas y anida en sus costas, la Antártida es una tierra salvaje casi deshabitada. Su escasa población oscila entre mil y cinco mil investigadores que viven repartidos entre las bases científicas del continente (42 de ellas permanentes).

La bióloga Elisenda Ballester, el expedicionario Ramón Larramendi y la winterover Kathrine Mallot forman parte de ese pequeño porcentaje de humanos que vivirán estas Navidades en los confines del planeta.

Lejos de las luces de colores, los villancicos y los polvorones, recorrerán la inmensa capa helada que se hunde más de mil metros, la corteza terrestre para estudiar el terreno, analizar el impacto del cambio climático en el continente y vigilar el experimento IceCube de neutrinos.

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Proyecto Bluebio

Elisenda Ballester

Navegar entre un imponente mar helado e inmensas cordilleras, caminar entre fiordos y observar animales en un clima extremo es el plan navideño de la microbióloga Elisenda Ballester, que este 25 de diciembre partió desde Barcelona rumbo a la Antártida.

“Allí voy a trabajar con bacterias asociadas con invertebrados, como corales y esponjas”, cuenta la investigadora. Ballester colabora en el proyecto Bluebio que estudia cómo el calentamiento global influirá en los invertebrados marinos que viven en condiciones frías. En concreto, su grupo de nueve personas analizará el impacto de las variaciones de temperatura sobre la producción de metabolitos secundarios, sustancias producidas por el animal o sus simbiontes para protegerse de predadores y que se utilizan como medicamentos anticancerígenos o antibióticos.

En la Antártida al final todos los días son iguales, la base, el glaciar, las mismas caras. Por eso, cualquier excusa es buena para organizar algo”, cuenta Elisenda Ballester

“Mi trabajo se centra en averiguar cómo los cambios de temperatura modifican las poblaciones microbianas asociadas a estos animales y cómo estos cambios afectarán a su salud”, precisa.

Durante las próximas semanas, su hogar será la base antártica española Juan Carlos I, gestionada por el CSIC, que desde hace casi 30 años abre cada verano austral y en la que trabajan una media de 42 personas. Después, se resguardará del frío en el Buque Oceanográfico Hespérides.

“Seguro que organizamos algo allí estas fechas. En la Antártida al final todos los días acaban siendo un poco iguales, la base, el glaciar, las mismas caras. Por eso, cualquier excusa es buena para organizar algo y que el día sea distinto. El cocinero preparará una comida especial y la fiesta se organizará entre todos”, afirma la microbióloga.

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