En 2019, un grupo de neurocientíficos de la Universidad de Richmond decidieron fabricar coches para roedores y enseñar a unas ratas a conducir. Su investigación se hizo viral por causas obvias. Resultaba ver adorable a esos pequeños animalitos conduciendo sus vehículos improvisados con garrafas de plástico hacia la recompensa azucarada que les esperaba en distintas partes del laboratorio.
En su momento ya se explicó por qué se había decidido enseñar a las ratas a conducir. Por un lado se quería entender cómo afectan al cerebro los retos complejos y, por otro, comprobar si su resolución afecta al estado de ánimo. Además, era una oportunidad única para estudiar los mecanismos de aprendizaje de los roedores.
Ese fue el objetivo inicial de la investigación. Sin embargo, la autora principal de aquel estudio, Kelly Lambert, ha explicado ahora en un artículo para The Conversarion cuáles eran todas sus motivaciones y qué descubrimientos hicieron después. Porque a través de internet nos quedamos en la simpática imagen de unas ratas conduciendo. Después una pandemia mundial nos hizo buscar otras cosas en las redes, pero el trabajo de estos científicos no cesó y sus hallazgos posteriores fueron muy interesantes.
Enseñar a las ratas a conducir no es tan difícil
Generalmente, los experimentos de aprendizaje con roedores son siempre los mismos. Normalmente implican el movimiento a pie dentro de un laberinto para encontrar una recompensa en forma de comida. Lambert y su equipo pensaron que esto era demasiado sencillo. Sería interesante darle un plus de complejidad al trabajo de sus animales. ¿Y cuál es esa tarea que a muchos humanos nos saca de quicio hasta que la dominamos? Efectivamente, aprender a conducir.
El primer paso para enseñar a las ratas a conducir fue diseñar unos vehículos especiales para ellas. Estos estaban compuestos por unas ruedas unidas a una placa de aluminio bajo un recipiente en el que se introducía el animal. Este tenía en el interior tres palillos que servían para que las ratas, al apoyarse en ellos, se desplazasen hacia delante, el lado izquierdo o el derecho.
En primer lugar se pusieron las ratas con sus cochecitos sobre una superficie de arena en la que se fueron cambiando de sitio unos puñaditos de cereales Froot Loops. La recompensa se iba cambiando de sitio, para comprobar que los roedores no llegaban a ella por casualidad. Y claramente no lo hacían, pues a medida que avanzaba el tiempo de entrenamiento llegaban mucho más rápido hacia los cereales.
Llegó un punto en que ellos mismos saltaban rápidamente al coche para buscar la recompensa, incluso al cambiar de entorno. Solo necesitaban un vehículo con el que llegar hasta su comida.
Los primeros beneficios se observaron rápidamente
Este estudio sirvió para comprobar cómo la plasticidad cerebral permitía enseñar a las ratas a conducir. Pero también aportó otros datos curiosos. Por ejemplo, que los roedores, una vez superado el reto, se relajaban muchísimo al volante. Esto lo vieron mediante la medición de los niveles de cortisol, una hormona asociada al estrés. Estos disminuyeron mucho después de conducir un rato. Se probó a introducir ratas copiloto en el cochecito, pero solo se relajaron las que conducían. Posiblemente, esto se debe a que estaba satisfechas con el aprendizaje. Es algo que también nos pasa a los humanos. El orgullo de superar un reto. Como cuando consigues tu L para conducir.
Lo que llegó después de enseñar a las ratas a conducir
Lambert y su equipo han seguido con su investigación, a pesar de que estuvo un tiempo en standby a causa de la pandemia. Su siguiente paso, como ya explicaron en su momento, era estudiar las áreas cerebrales implicadas en este aprendizaje y, a su vez, emplear ese conocimiento en una comprensión más profunda de enfermedades humanas, como el alzhéimer o el párkinson.
Pero vieron algo más. En su artículo para The Conversation, Lambert explica que un día de 2020, al entrar al laboratorio, vio cómo una de las ratas saltaba nerviosa hacia la puerta de la jaula. A ella le recordó al entusiasmo de su perro cuando quiere salir a pasear. Y cuál fue su sorpresa al comprobar que todas las ratas que sabían conducir tenían el mismo comportamiento. El resto no.


Esto la llevó a hacerse una pregunta. ¿Podría la anticipación por ese hábito que las desestresa estar generando una sensación similar a la alegría? Ella y su equipo se habían planteado centrar el resto de su investigación en cómo el estrés crónico influye en el cerebro. Sin embargo, decidió darle un giro y estudiar cómo los eventos positivos, y la anticipación de estos mismos, dan forma a las funciones neuronales. Esto, igualmente, se puede extrapolar al estudio del cerebro humano.
Para ello diseñaron un nuevo experimento. Esta vez no tuvieron que enseñar a conducir a las ratas. Simplemente les dieron una recompensa después de determinadas tareas. En el grupo control se les dio la recompensa inmediatamente, mientras que en el experimental tuvieron que esperar 15 minutos. Así, se vio que aquellas que tenían que esperar, pero entendían que recibirían la recompensa, mostraban un cambio de comportamiento de pesimista a optimista. Además, mejoraban sus capacidades cognitivas a la hora de solucionar problemas.
Estaban recibiendo un chute de dopamina
Por si todo esto no fuese fascinante, aún quedaba más por descubrir. Un estudiante del grupo de Lambert descubrió que las ratas que estaban en el grupo de anticipación ponían su cola en una postura particular, con un leve giro al final. Nadie en su grupo sabía de qué se trataba, así que compartieron fotos con algunos colegas, hasta descubrir que se trata de un efecto que se produce en los roedores cuando están sometidos a altos niveles de dopamina. Por lo tanto, aunque aún no habían recibido su recompensa en forma de cereales azucarados, el cerebro de esas ratas ya les estaba enviando esa sensación tan placentera.


En definitiva, enseñar a las ratas a conducir sirvió para mucho más de lo que se intuyó en un principio. Fue un experimento simpático, pero también tuvo, tiene y tendrá un gran valor científico. Nunca unas clases de conducir habían sido tan útiles.
