Es natural tenerle miedo a la guerra, porque siempre que ocurre, el hombre tiene la oportunidad de darle un vistazo al infierno. Es aterrador ver lo que puede suceder cuando la vida se abarata, cuando las muertes horribles se convierten en costumbre. 20 días en Mariúpol es un retrato cruel de la Guerra de Ucrania, justamente porque la invasión fue un proceso cruel.

El reportero y documentalista ucraniano Mstyslav Chernov se convirtió en la única persona capturando lo que estaba pasando en Mariúpol, luego de que los rusos capturaran y asesinaran a Mantas Kvedaravicius, otro periodista que se encontraba trabajando en su propio documental. Su ubicación convertía a Mariúpol en uno de los objetivos principales de la invasión rusa, ya que tomar el control de ella le permitiría formar un puente entre las «repúblicas separatistas» en el Este y Crimea. Además de golpear severamente la economía ucraniana, cortándole su principal acceso al mar negro y tomando el control de importantes fábricas.

Mientras que la mayoría de reporteros se dirigieron a Kiev, calculando que la capital de Ucrania sería capturada por Rusia, terminando con la guerra. Chernov y su equipo de la Associated Press ya habían tomado la decisión de quedarse en Mariúpol incluso antes de la invasión. Sabían que sería uno de los objetivos principales de Putin. Y habiendo reportado en esa ciudad desde el 2013, se sentían responsables por mostrarle al mundo lo que ocurriría.

La importancia de documentar

Durante los momentos más impactantes de 20 días en Mariúpol, todos parecen agradecer la presencia de las cámaras de Chernov. En una de las escenas, una ambulancia se apresura hacia la entrada de un hospital. De ella emerge un pequeño niño junto con sus padres, no está respirando y su ropa está cubierta de sangre. Varios doctores y enfermeras dirigen todos sus esfuerzos para reanimarlo. Pero mientras pasan los segundos, se comienza a sentir una desesperación generalizada. Es entonces cuando uno de los doctores mira a la cámara y le dice qué hacer al documentalista: «Así es, graba esto. No dejes de grabar. Que el mundo se entere de lo que están haciendo estos malditos». El niño no sobreviviría.

Lamentablemente, 20 días en Mariúpol está lleno de escenas así. La secuencia en que un niño llega al hospital al borde de la muerte, los doctores luchan por salvarlo, y en medio del pánico animan a los documentalistas a capturar cada detalle. Las víctimas de la tragedia reconocen la importancia del trabajo de Mstyslav Chernov en vivo y en directo. Saben que cada guerra viene acompañada de propaganda. Que el responsable por esas muertes, Vladimir Putin, intentará enterrar la evidencia. El documental es un destructor de propaganda.

En otra escena vemos como el ejército ruso lanza un misil a un hospital de maternidad. Seguido del intento desesperado de los sobrevivientes por evacuar a las futuras madres, algunas en pleno parto. El documentalista primero nos muestra cómo sus imágenes de esa tragedia fueron reportadas por la Associated Press, para luego revelar cómo los patéticos títeres de la televisión rusa afirmaban que todo se trataba de un montaje. Acusaban a los entrevistados de ser actores y aseguraban que lo que veíamos era un set de cine.

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