Suele decirse que todo está mucho más bueno si le pones queso. De hecho, hay incluso webs de recetas que se basan prácticamente en esta premisa. Vale cualquier tipo de queso y en cualquiera de sus formatos, pero el culmen de la sabrosidad se alcanza sobre todo cuando se trata de queso fundido.

Ahora bien, ¿cómo puede ser que el queso fundido esté mucho más bueno que en lonchas, rodajas o tacos si se trata exactamente del mismo queso? Esto es algo que ha intrigado a la ciencia durante mucho tiempo. Es importante saber por qué nos gusta lo que nos gusta, pues eso puede tener muchas aplicaciones en la industria alimentaria. O, directamente, aplicaciones a la hora de escoger menú.

La clave parece estar, sobre todo, en la grasa. El queso fundido libera toda su grasa sobre nuestras papilas gustativas y eso, independientemente de lo poco sano que pueda ser, le encanta a nuestro cerebro.

La clave de nuestro amor por el queso fundido

Generalmente, los quesos tienen una estructura proteica de caseína. Esta es una proteína que se encuentra en gran cantidad en la leche y que, al formarse el queso, se cuaja, rodeando la grasa en su interior.

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El queso fundido libera toda su grasa. Crédito: quien Engel (Unsplash)

Como ocurre con todas las proteínas, cuando estas se calientan, pierden su estructura por un proceso conocido como desnaturalización. Como resultado, la grasa se libera y comienza la fiesta de la dopamina. Nuestro cerebro libera dopamina y otras sustancias causantes de placer como respuesta al consumo de alimentos muy calóricos. Esto se debe a que evolutivamente nos conviene consumir una gran cantidad de energía. El cerebro no distingue si esa energía la adquirimos de una forma más o menos sana. Solo interpreta que es necesaria para nosotros, así que nos provoca placer para que deseemos comer más. 

Por otro lado, la grasa se extiende más uniformemente sobre los receptores de sabor de la lengua, por lo que la experiencia con el queso fundido es aún más agradable.

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