Emily en París, creada por Darren Star, sin duda pertenece a la categoría de placer culposo. Desde su estreno en 2020, fue el saco de boxeo favorito de críticos y espectadores por igual. Razones sobraban: superficial, caricaturesca, culturalmente torpe, tenía todo para irritar. Pero aun así, la serie triunfó por todo lo alto, por su capacidad para reírse de sí misma y aceptar sin problemas su cualidad de producto frívolo.

Cinco temporadas después, todo eso sigue ahí. Pero también hay algo más. En su nueva entrega, Emily en París parece haber entendido, por fin, que su mayor fortaleza no está en fingir sofisticación. Por lo que acepta sin disimulo que es un producto escapista, exagerado y orgullosamente absurdo. De modo que, en lugar de luchar contra sus límites, los explota de manera bastante festiva. 

El resultado no es prestigio televisivo, pero sí una versión más ingeniosa de sí misma. Al argumento ya no intenta convencernos de que Emily Cooper (Lily Collins) es un genio del marketing global; ahora basta con mostrarla como un motor de caos bienintencionado en escenarios europeos de postal. Ese pequeño ajuste de expectativas hace toda la diferencia. La serie no se vuelve profunda; sin embargo, sí es más honesta. Y, curiosamente, más llevadera.

Emily en toda su potencia

Para la nueva temporada, Lily Collins brinda a Emily una perspectiva desconocida, sin que pierda sus elementos más populares. Así que el personaje tiene la misma energía inagotable, entusiasmo desbordado y una capacidad casi sobrenatural para sobrevivir a sus propios errores. No obstante, ahora está más cerca de una heroína de comedia —que siempre lo fue— que de una figura romántica. Un cambio sustancial que brinda a la serie un aire renovado. 

Esta vez, la historia comienza directamente en Roma, donde Emily asume —más por inercia que por lógica— un rol de liderazgo en la sucursal italiana de Agence Grateau. El movimiento geográfico es clave: Roma es una excusa para, en cierta forma, reiniciar sin borrar el pasado. Emily sigue siendo Emily, claro, pero con muchos más matices. Eso gracias a que la excusa de la mudanza permite que sea una nueva versión del personaje que ya conocemos.

Por otro lado, su relación con Marcello Muratori (Eugenio Franceschini), heredero del mundo de la moda italiana, introduce un contraste interesante. A diferencia de romances anteriores, aquí hay una afinidad real: ambos comparten ambición, inseguridad y una necesidad constante de validación. No es una historia compleja, pero sí sorprendentemente funcional. Collins y Franceschini tienen una química ligera, natural, que hace que esta relación resulte más creíble que muchas anteriores. No es amor profundo, pero tampoco parece un capricho narrativo. Para los estándares de la serie, eso ya es un avance considerable.

Viejos conocidos y grandes temas

Mientras tanto, Sylvie Grateau (Philippine Leroy-Beaulieu) sigue consolidándose como el verdadero pilar del show. En Roma, mantiene su autoridad intacta y suma una nueva subtrama romántica con Giancarlo (Raoul Bova), un director italiano tan elegante como convenientemente disponible. La presencia de Sylvie no solo eleva cada escena en la que aparece, sino que redefine la dinámica central de la temporada.

Su relación con Emily deja atrás el conflicto constante y el esquema jerárquico clásico para transformarse en una alianza entre dos mujeres que se reconocen, se toleran y, eventualmente, se respetan. Esta evolución es uno de los mayores aciertos de la quinta temporada. No hay grandes discursos ni giros melodramáticos, solo pequeños gestos y decisiones compartidas. Leroy-Beaulieu interpreta a Sylvie con la misma mezcla de cinismo y vulnerabilidad que la convirtió en la favorita del público, y Collins responde con una Emily menos estridente, más consciente de su impacto. Juntas, sostienen el corazón emocional de la serie.

Roma brinda nueva vida a ‘Emily en París’

La mudanza a Italia también trae consigo un desfile de secundarios conocidos y nuevos. Luc (Bruno Gouery) y Julien (Samuel Arnold) aterrizan en Roma para asegurar que la oficina de Agence Grateau esté tan saturada como siempre. Siguen siendo el alivio cómico, aunque de manera desigual. Luc tiene momentos de brillo y pequeñas líneas narrativas propias, mientras que Julien queda reducido, una vez más, al rol de comentarista sarcástico. Es una pena, porque Arnold tiene presencia suficiente para sostener algo más que frases ingeniosas. 

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