Mother Mary evita ser un drama musical convencional. Y lo hace, planteando desde sus primeras escenas que su protagonista (una misteriosa Anne Hathaway) es mucho más que una estrella. En realidad, el director y guionista David Lowery enfoca la idea desde la posibilidad de que esta cantante seductora sea algo más que una mujer. Por lo que el guion, intenta mostrar que la protagonista, una combinación de Madonna y Sia, es tanto una artista talentosa como algo más tenebroso.

De hecho, las mejores partes de Mother Mary ocurren cuando el director plantea directamente una posible doble lectura para su misterioso personaje. A mitad de camino entre una diva y una especie de sacerdotisa, el personaje de Hathaway es inquietante. Pero además, un símbolo para ideas más complejas. Para eso, analiza la posibilidad de que la celebridad en la actualidad sea una especie de devoción cercana a un culto. Uno, además, que consume a los fanáticos desde una experiencia casi religiosa. 

Por lo que Mother Mary muestra la cultura de la celebridad desde una perspectiva casi ritual. Un escenario en que el éxito deja de ser un objetivo profesional para convertirse en una fuerza capaz de alterar la percepción de la realidad. Para eso, en lugar de explicar de inmediato quién es Mother Mary, la cinta permite que el personaje exista como una presencia que domina cada espacio antes incluso de pronunciar una palabra. Esa decisión cambia por completo la experiencia del espectador. No importa tanto la biografía de la cantante como el efecto que produce sobre el mundo. Un concepto que la película intentará explorar varias veces, no siempre con buenos resultados. 

Una mirada a la fama desde un ángulo perverso en ‘Mother Mary’

David Lowery utiliza esa idea para plantear una pregunta incómoda. ¿Qué ocurre cuando una sociedad deposita toda su necesidad de creer en una persona de carne y hueso? La propuesta funciona porque jamás presenta la admiración como un fenómeno superficial. El director sugiere que existe un impulso casi primitivo detrás de la fascinación por los ídolos contemporáneos. Las multitudes no solo buscan entretenimiento. También necesitan encontrar figuras capaces de representar deseos, frustraciones y esperanzas imposibles de explicar con palabras. 

La trama de Mother Mary convierte esa dependencia emocional en un elemento inquietante. Como si el escenario escondiera un altar donde los seguidores entregan voluntariamente parte de su identidad. Ese planteamiento conecta con una constante dentro de la filmografía de Lowery, interesado desde hace años en personajes que viven atrapados entre lo cotidiano. Todo en medio de un eterno escape de cualquier explicación racional. 

Pero en la cinta, el misterio no se relaciona con fantasmas evidentes ni criaturas sobrenaturales. Más bien, lo hace desde la ambigüedad de plantear que el fenómeno inexplicable no sea Mary, sino quienes necesitan contemplarla. Esa inversión del punto de vista convierte la película en un análisis sobre la necesidad humana de fabricar mitologías modernas. Cada actuación pública adquiere el peso de un acontecimiento irrepetible y cada gesto cotidiano parece esconder un significado secreto. Como si el poder en la actualidad tuviera relación directa con la capacidad de cautivar a las masas. 

Un personaje ambiguo para una actriz polifacética

La propia construcción de Mother Mary alimenta esa sensación de incertidumbre permanente. El guion evita definirla mediante explicaciones convencionales y prefiere convertirla en una figura cuya identidad cambia dependiendo de quién la observe. Para algunos representa una artista extraordinaria; para otros, una inspiración casi espiritual. También existe la impresión de que detrás de su imagen pública permanece escondida una dimensión imposible de comprender del todo.

Lowery juega constantemente con esa ambigüedad sin transformarla en un rompecabezas destinado a resolverse. El argumento de Mother Mary parece mucho más interesado en explorar la experiencia de convivir con el enigma que en proporcionar una respuesta definitiva. Esa decisión provoca que cada escena funcione como una pieza abierta, susceptible de múltiples interpretaciones. Incluso cuando Mary permanece inmóvil frente a una multitud, la puesta en escena transmite una tensión difícil de describir.

No obstante esta cuidadosa ambición, no siempre se sostiene más allá de la puesta en escena o de las interacciones de Mary con otros personajes. En realidad, en lo que Mother Mary falla estrepitosamente es en que no llega a profundizar en ninguno de sus temas centrales. Antes que eso, todos parecen insinuaciones incompletas de algo mayor que no llega a revelarse jamás. En especial, cuando la película cambia de temperatura al incorporar plenamente a Sam Anselm (Michaela Coel). Esta última, una diseñadora cuya historia compartida con Mary introduce un conflicto mucho más íntimo que cualquier espectáculo multitudinario. 

Dos historias sin relación entre sí

No obstante, al carecer de explicaciones retrospectivas, el vínculo entre ambas parece artificial y hasta forzado. No hay una historia o una forma de entender completamente la rivalidad y el miedo entre ambas. Mucho más, porque el guion evita brindar a alguna, el papel tradicional de heroína o antagonista. Las dos parecen compartir responsabilidades dentro de una historia donde el éxito ha terminado deformando aquello que originalmente las unía. Pero una premisa tan interesante de nuevo queda incompleta porque el guion no llega a explorar del todo en su complejidad. 

Un punto bajo que afecta la forma en que la película cuenta su historia cuando se interesa en el confuso vínculo entre ambas mujeres. Eso sin explicar en realidad qué ocurre entre ellas (¿rivalidad? ¿enfrentamiento? ¿celos?) o introducir un elemento real de misterio. Luego de casi dos horas de hacer más densa la atmósfera, la incapacidad de la trama por realmente mostrar algo misterioso, decepciona. Pero peor aún, deja claro que la trama carece de objetivo real al contar su historia.

Para su anticlimático final, Mother Mary desperdicia toda su sofisticada puesta en escena, en solo insinuaciones de algo más complejo y raro que nunca ocurren. Un elemento confuso que evita que la película logre unir todas sus piezas o, en cualquier caso, enlazar ideas acerca de los temas que ya planteó. Una falla que no supera nunca y que vuelve la experiencia de la película una tediosa y pretenciosa visión sobre la fama que no llega a ninguna parte. 

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