¿Qué pasa si mezclamos la profesión de virólogo con la afición por elaborar cerveza artesanal? Pueden pasar muchas cosas, pero lo que ha ocurrido en la cabeza de Chris Buck, investigador del Instituto Nacional del Cáncer en Bethesda se ha convertido en todo un conflicto científico. Y es que se ha posicionado como la primera persona en elaborar una vacuna que se administra a través de cerveza. Sí, has leído bien. El día de los inocentes fue ayer, esto es totalmente real.

Cuando tuvo la idea, no logró que ningún comité ético aprobase su investigación. Pero eso no hizo que se rindiera. Consciente de que estos comités no tienen potestad sobre lo que hace en su tiempo libre, decidió crear una empresa de cocina destinada a fabricar una cerveza muy peculiar. Una cerveza que, de momento, solo ha probado él. Eso sí, según los artículos que ha publicado de momento, con unos resultados supuestamente muy buenos.

Su cerveza-vacuna ha sido desarrollada para ofrecer protección frente a las especies de poliomavirus que afectan a los humanos. Estos son los virus en los que él está especializado, pero podría utilizarse con otros géneros. El problema es que, sin permiso para llevar a cabo un estudio bien diseñado, no podemos saber si realmente es un buen invento. Está claro que las implicaciones éticas de su investigación no son las mejores. Así que, efectivamente, la polémica está servida.

¿Cómo funciona esta cerveza-vacuna?

Para elaborar su cerveza-vacuna, Buck comenzó por aislar el gen con las instrucciones para sintetizar una proteína de la envuelta del poliomavirus. Se trata de una de las proteínas que el sistema inmunitario reconoce y utiliza como alerta para ponerse en marcha contra la amenaza viral. Introducir en el organismo este tipo de proteínas es algo muy habitual en el desarrollo de vacunas. Lo peculiar aquí es el método elegido por este virólogo.

Decidió introducir el gen en el propio genoma de levaduras de la especie Saccharomyces cerevisiae, justamente la que se emplea para elaborar la cerveza. Una vez hecho esto, solo quedaba utilizar estas levaduras modificadas genéticamente para preparar cerveza por la vía habitual.

La cerveza resultante, si no se filtra, sigue teniendo la levadura en su composición, por lo que quien la consume introduce en su sistema digestivo esa proteína que puede alertar al sistema inmunitario y hacer que genere también anticuerpos de memoria para una futura infección.

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Si la cerveza no se filtra, la levadura permanece en ella. Crédito: Freepik

¿Qué ocurre en el sistema digestivo?

Las vacunas orales ya existen. Por ejemplo, la mayoría de nosotros hemos recibido de pequeños la vacuna de la polio, que se administraba oralmente con una especie de cuentagotas. En estos casos funciona porque el virus de la polio es capaz de invadir las células intestinales. Por lo tanto, los virus debilitados ingresarían en el sistema digestivo y, sin generar enfermedad, sí que estimularían el sistema inmunitario.

El problema es que la vacuna-cerveza de Buck está basada en levaduras, que son totalmente inocuas para los humanos. No invaden las células del intestino. De hecho, no invaden ninguna célula. 

Sin embargo, cuando el virólogo probó a mezclar estas levaduras con pienso y dárselas a comer con ratones, estos generaban anticuerpos contra el poliomavirus. Si la levadura se administraba mediante un spray nasal no pasaba nada, pero por vía oral sí. Esto significaba que las levaduras eran capaces de atravesar las paredes del estómago y, allí, permanecer el tiempo suficiente para que la proteína viral alertase al sistema inmunitario.

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