A la hora de decidir cuál te conviene más, toca sopesar y hacer números. Lo cierto es que un interés menor suena de lo más beneficioso, pero la realidad no siempre es tan bonita. Veamos todo lo que debes tener presente a la hora de decidir si te conviene o no.
Uno de los factores cruciales aquí son los costes. Todos (o casi) los productos asociados a una hipoteca bonificada tienen un coste. Seguros, tarjetas… Hay que calcular cuál es su coste no solo anual, sino durante todo el periodo que dura la hipoteca, ya que deberemos asumirlos hasta terminar de pagar. Es interesante hacer esta suma y compararlo con el ahorro obtenido debido a la rebaja del tipo de interés, ya que a veces veremos que no sale a cuenta.
Otro punto importante son los productos que contratamos. Cuidado, no decimos que sean malos, pero sí que es probable que no tengan el precio más competitivo del mercado o, peor aún, sus condiciones no sean las mejores. Esto es especialmente claro en el tema de los seguros, donde quizá podamos encontrar en el mercado seguros con mejores precios, con coberturas que se ajustan más a nuestras necesidades o una combinación de ambos. Y es que recordemos que, aunque es altamente recomendable contratar un seguro total para el hogar, las viviendas solo exigen coberturas contra incendios.
Por último, no podemos olvidar los costes de penalización. Y es que sí, existe la posibilidad de cancelar los productos asociados a la hipoteca, pero eso tiene un precio. Lo más habitual es que aumente el tipo de interés y, por ende, la cuota, pero es importante leer la letra pequeña para tener bien claro qué significa para nuestro bolsillo dar de baja algún producto vinculado antes de ser sorprendidos por algún tipo de sanción extra.
Las hipotecas bonificadas también tienen puntos positivos, claro. El primero es que si los costes totales se mantienen por debajo, las hipotecas bonificadas son un interesante instrumento de ahorro a largo plazo. Aunque no lo notemos, mes a mes estaremos ahorrando un dinero que de otra forma estaríamos empleando directamente en la cuota hipotecaria.
Por otro lado, una hipoteca bonificada ayuda a construir una relación más sólida y cercana con la entidad. Vale, sí, de inicio puede ser forzada, pero con el paso del tiempo (y los pagos de las cuotas) el banco nos empezará a ver con mejores ojos. Esto puede ser una ventaja a la hora de afrontar trámites o solicitar financiación en el futuro.
En resumen, una hipoteca convencional te ofrece más libertad y flexibilidad a la hora de gestionar tu dinero y tranquilidad, mientras que una bonificada te ofrece mejores condiciones… aunque conviene asegurarse de que sea así.