Sabrina Bartolotta es psicóloga, estudiante de doctorado en ciberpsicología en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán. Recientemente ha publicado en la sección de opinión de la revista Science un artículo en el que habla del truco que siguió para mejorar a la vez tanto su bienestar como su productividad profesional.
En su primer año de doctorado estaba emocionada, pero también abrumada. Quería llegar a todo, así que asistía a todas las conferencias y talleres que podía, ayudaba a sus compañeros con sus investigaciones e iniciaba todos los proyectos posibles. Sentía que era lo que debía hacer para aumentar su productividad, a pesar de que le estaba costando perder tiempo de calidad con sus familiares y amigos.
Para ella, una reunión con uno de sus compañeros fue un antes y un después en su forma de trabajar. Acababa de enviar varias peticiones al comité de ética de su Universidad para que revisaran varios de los proyectos que tenía en marcha. Por desgracia, su compañero le dijo que tendría que hacer algunas correcciones y enviar más documentación. Eso suponía más trabajo, por lo que el mundo se le vino encima. Pero hubo unas palabras de su colega que le hicieron reaccionar. Había que bajar el ritmo.
Bajar el ritmo para aumentar la productividad
Bartolotta cuenta en su artículo que después de esa reunión tomó varias decisiones. Comenzó a elegir a conciencia los proyectos en los que participaba y los talleres y conferencias a los que asistía. Inicialmente iba a todo, pues no sabía lo que le iba a ser útil. Con su nuevo enfoque era mucho más selectiva. Se paraba a pensar qué es lo que realmente le podría ser útil.
También estableció unos horarios de trabajo. A partir de cierta hora, se centraba en su vida más allá de lo laboral. Eso le permitió volver a conectar con sus amigos y familiares. Poco a poco, fue sintiendo que esa sensación de agobio que le había acompañado desde el inicio de su carrera investigadora se iba diluyendo. Pero no solo eso. También aumentó su productividad. Podía dedicar más esfuerzos a unos pocos proyectos, por lo que estos avanzaban mejor que antes.


Un burnout de manual
Lo que estaba experimentando Bartolotta es un claro caso de burnout. Se define así a una sintomatología física y mental derivada del estrés laboral extremo. Las personas afectadas por burnout tienen problemas de concentración, falta de energía, desilusión por el trabajo, insomnio e incluso dudas sobre si realmente son buenos en lo que hacen. También pueden tener sintomatología física, como dolores de cabeza o molestias intestinales. Y peor aún: en algunos casos caen en adicciones o trastornos de la conducta alimentaria.
La terapia psicológica es una buena medida para tratar los síntomas del burnout. No obstante, si no se llevan a cabo cambios reales en el trabajo, el burnout nunca desaparecerá. Eso es lo que hizo Bartolotta. Bajar el ritmo fue la mejor solución contra el burnout y, como consecuencia, también le ayudó a mejorar su productividad.


Allá donde fueres, haz lo que vieres
En su artículo de Science, la psicóloga señala que algo determinante en su caso fue la reacción de sus compañeros. Cuando habló con ellos sobre su cambio de hábitos, se dio cuenta de que muchos tenían el mismo problema. Decidieron sumarse a su nueva rutina y los resultados fueron igual de positivos.
La primera decisión grupal fue no hablar de trabajo a partir de las 18:00. Si había problemas sin resolver, pasaban al día siguiente. Un compañero incluso se compró un segundo teléfono móvil para apagarlo fuera del horario laboral. Cada uno se ajustó a esta nueva rutina y todos mejoraron su productividad y su bienestar. Y esto, a la vez, fue positivo para el resto, porque bajar el ritmo puede ser complicado cuando ves a las personas a tu alrededor trabajando hasta la extenuación. Afortunadamente, en este caso supieron ver la necesidad de trabajar en equipo, también para cuidar su salud mental. Se nota que son psicólogos.