La resistencia a los antibióticos es un grave problema de salud pública. Se calcula que cada año mueren en el mundo unos 5 millones de personas por este motivo. Infecciones que hasta hace poco eran fácilmente tratables se están convirtiendo en mortales, porque los fármacos que combatían a las bacterias ya no funcionan. Y lo peor es que ocurre lo mismo con otros patógenos, como los hongos o los protozoos. Todos van encontrando la forma de esquivar los tratamientos. Está claro que hay que tomar cartas en el asunto para que la situación no haga más que empeorar, ¿pero cuáles son esas cartas?

Estamos hartos de escuchar los métodos típicos para evitar la resistencia a los antibióticos. Sobre todo se recomienda no utilizarlos sin receta médica y hacer caso al tiempo de posología. Ni más ni menos. No obstante, según ha explicado recientemente en un artículo para Nature el experto Ramanan Laxminarayan, no estamos prestando atención a otras medidas que son igualmente necesarias.

Por ejemplo, según este científico, la inmensa mayoría de muertes por infecciones con resistencia a los antibióticos se dan en países de pocos recursos económicos. Esto se debe a que los fármacos que utilizan en estas regiones son de peor calidad. Por lo tanto, no combaten por completo a las bacterias y les dan la oportunidad de volverse resistentes. Esto se podría solucionar fácilmente dedicando más recursos económicos a estos países. Sería una medida esencial para combatir las superbacterias, pero nadie parece tenerla en cuenta. 

¿A qué se debe la resistencia a los antibióticos?

Desde que Alexander Fleming descubrió la penicilina en 1928, se han desarrollado un gran número de antibióticos diferentes. Los hay dirigidos a distintas bacterias o con mecanismos de opción diferentes. Es decir, atacan a los patógenos desde frentes distintos para asegurar que se acaba con ellos.

Desgraciadamente, las bacterias pueden encontrar la forma de evadir esos antibióticos mediante mutaciones. Estas son modificaciones de su material genético que se producen cuando se reproducen. Puede que esas mutaciones sean letales para las bacterias, que no tengan ningún efecto, positivo o negativo, o que sean beneficiosas para ellas. Por ejemplo, puede conferirles la capacidad para resistir el mecanismo de acción de un antibiótico.

Imaginemos ahora que una persona toma amoxicilina continuamente, cada vez que se encuentra mal. Cuando tiene gripe, cuando estornuda por la alergia… En esos casos no hacen falta antibióticos, pues no se trata de infecciones bacterianas. Pero esa persona los consume. 

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